lunes, 21 de noviembre de 2011

Montas el espectáculo de la vida entre cuatro paredes blancas.
Esa representación que nunca me aburre, que me conmueve.
La verdad de las mentiras.
¡Qué imprescindible! ese baile de siluetas que nace de sus manos.
Acuna la vida y le crece teatro.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Las estrellas viven de un fuego que las hace vivir y a la vez las devora; su vida es una agonía radiante puesto que ellas alimentan sus resplandores con la combustión de sus propias entrañas, es decir, que mueren de vida hasta su muerte irreversible.
Así ocurre con nosotros, animales, mamíferos, primates, humanos, que vivimos por la regeneración permanente de nuestras células y moléculas a partir de su muerte y destrucción. Así ocurre con nuestras sociedades que se regeneran educando a generaciones nuevas mientras mueren las viejas.
-Vivir de muerte, morir de vida- había enunciado Heraclito.
Bichat definía la vida como el conjunto de funciones que resisten a la muerte. Hay que completar y dialectizar su enunciado: la vida se resiste a la muerte utilizando la muerte. Hay a la vez lucha mortal y copulación entre Eros y Thanatos.

Por nuestras actuales y crecientes conversaciones trasnochadas de la ética en lo colectivo, la ética en el impulso individual, la ética que es ética y la ética que inventa serlo, acabo cogiendo libros como el de Edgar Morin que me aclaren un poco el tema del que hablo desde casi la total ignorancia.
Pero al final, me he quedado con la paz de la metáfora, que sólo da lugar a la concesión del respiro tras el retorcerse de las ideas, porque no creo que la metáfora, al fin y al cabo, sea menos profunda que una tesis kilométrica, si está bien expresada y encierra "bastante del todo" en apenas nada.
Y me quedo en la metáfora porque me saca de tanto callejón sin salida en las conversaciones que solucionarían el mundo y nos devolverían el bucle individuo-especie-sociedad (rescate de la humanidad de la humanidad) si acabara en conclusión y propuesta, y no en interesante anécdota.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sí, pensar, maniatar ideas, construir castillos con ladrillos de vapor de tu penúltimo aliento: salir por la ventana aunque la puerta haya estado siempre abierta. Pensar (perderle el miedo a las alturas).

Pienso en los corazones en los que hace tanta soledad que las palabras se suicidan, en las palabras en las que hace tanto vacío que las letras se apresuran a mudar a otro significado más íntimo.
Y pienso en ese camino que no me acogerá de vuelta, en esa ciudad en la que fui eternamente joven y en la que permanecen heridos mis días más ingenuos, los que se daban a la vida por entero, los plenos, los únicos, que ahora ya no lloro por si su herida fuera ya de muerte y estuviera llorando imposibles.