miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mis amantes me ahogan.
Oprimen sus labios y se agolpan en los poros de mi piel,
me empujan por las calles y salas de reunión,
vienen desnudos a mí, de noche,
gritan de día ¡eh! desde las rocas del río,
se balancean y cantan sobre mi cabeza.
Me llaman por el nombre desde los jardines, viñedos y la intrincada maleza,
o mientras nado durante mi baño, o bebo en la bomba de la esquina,
o cuando el telón ha bajado en la ópera,
o echo una ojeada a la cara de una mujer en el coche del tren;
irrumpen en todos los momentos de mi vida,
besan mi cuerpo con besos dulces y balsámicos,
pasando sin ruido puñados de su corazón
y dándomelos para que yo los haga míos.

Hojas de hierba; Walt Whitman.

lunes, 19 de septiembre de 2011

En honor a la verdad

Soy más que sexo,
y menos que el amor.

El insomnio de una calle iluminada,
un pájaro enjaulado,
tras las flores de un balcón.

Soy más que una mera circunstancia,
y mucho menos que un adiós.

Cada mujer soñada por Hopper,
respirando inútiles aires de espera,
en la desnuda habitación.

Pero se acaba, se ha acabado.
No apetecen más pinturas sin color.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

apología del yo contradictorio

Sus disputas y sus desacuerdos no son en ellos mismos más que un confuso estrépito de batalla que no puede aturdir a quien tenga el cerebro libre y el corazón piadoso.
Vida o muerte, enfermedad y salud, espíritu y naturaleza,
¿son contrarios? ¿son eso problemas?.
Lo irrazonable de la muerte se desprende de la vida; si no, la vida no sería vida, y la posición del homo dei se halla en el centro, con la falta de razón y con la razón, de la misma manera que su posición está entre la comunidad mística y el individualismo inconsciente.
Eso es lo que veo desde mi columna.
El hombre es el dueño de las contradicciones, éstas existen gracias a él y,
por consiguiente, es más noble que ellas.

La montaña mágica; Thomas Mann.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Tú me tocas.
Yo te toco.
Empieza este juego ancestral del llano placer.
Empiezo a despejarme y a dejar en la ropa esparcida por el suelo
las abstinencias cotidianas que agrian el carácter.
Desnuda.
Y no estoy derrotada, sino que empiezo a gobernar verdaderamente en mí.