Este régimen de encarcelamiento a café y desintereses en folios a times new roman 12 ¿por primera vez puede conmigo? puuuuuuufffffffffffffffffff!!!! puf y puffff! superior a mi capacidad de organización del tiempo.
Otra ruta mental:
ya tengo la cabeza cayeeeeeendo por abismos de los Picos de Europa.
Ahora, sentada en el borde de unos ojos de gato, unos enormes ojos de gato, que me miran como si yo ya apenas existiese, acaso en forma de mitad, de descuido... por fin entiendo que la música de la vida, la tocan dos instrumentos de viento que van armoniosamente a destiempo.
lunes, 30 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Manifiesto comunista; Marx y Engels.
Os horrorizáis de que queramos suprimir la propiedad privada.
Pero en vuestra sociedad existente la propiedad está suprimida para nueve décimas partes de sus miembros; existe precisamente gracias a que no existe para nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, que queramos suprimir una propiedad que supone, como una de sus condiciones necesarias, la carencia de propiedad de la inmensa mayoría de la sociedad.
En una palabra, nos reprocháis que queremos suprimir vuestra propiedad.
Efectivamente, eso es lo que queremos.
Pero en vuestra sociedad existente la propiedad está suprimida para nueve décimas partes de sus miembros; existe precisamente gracias a que no existe para nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, que queramos suprimir una propiedad que supone, como una de sus condiciones necesarias, la carencia de propiedad de la inmensa mayoría de la sociedad.
En una palabra, nos reprocháis que queremos suprimir vuestra propiedad.
Efectivamente, eso es lo que queremos.
lunes, 23 de mayo de 2011
viernes, 20 de mayo de 2011
Política pueblerina.
Bueno, como no hablar de política ahora que toca la absoluta cansinez y los bombardeos continuos de planfletos y de mentiras que ya hasta me resulta desagradable tener que tirar a la basura. Sería como querer pasar por un inmenso lodazal de barro pretendiendo no mancharse.
Así que bueno... a guarrearse.
Estoy sentada en el pueblo (que más da el pueblo, los pueblos cada vez son más parecidos, si es que acaso alguna vez ha existido esa diversidad cultural de la que hablan tanto), en casa de mis abuelos. Estoy leyendo, así que el hecho de que llegue la tropa socialista y se tiren media hora delante del buzón echando los votos me molesta doblemente: lo politicoso del asunto y que tenga que dejar de leer aunque sea un sólo minuto. Y dejan los sobres con los votos y se van, saludándome por la ventana porque mis abuelos son del PSOE y saben, de antemano, que entonces yo también estoy hereditariamente condenada a serlo o a hacer la papeleta de que lo soy.
Pero bueno, si eso no es lo que quería contar. Quería contar que después llega la tropa derechorra, y se paran también en el buzón, mirando de una forma todavía más estúpida aún que los anteriores, como si no supiesen quién vive tras las paredes que tienen delante.
Y no echarán sobre alguno. Antes de pisar la calle ya saben, de antemano, en qué casas echarán y en cuales no sus cartitas. Pero se paran, como si una repentina lucidez les hubiera hecho llegar a pensar en la posibilidad de reinventarse. Reinventémonos, vamos a unir a nuestra causa a esa gente que no ha estado nunca de nuestro lado.
Pero ya lo he dicho, que ya vienen con sus ideas fijas (bueno, nacieron ya con unas ideas fijas que serán las que tengan hasta que simple y llanamente se mueran) y no han echado ningún sobre.
Así que, mi conclusión es que no se trata de conseguir adeptos, ni de razonar, o de razonar al menos para convencer. Sus discursos siempre están dirigidos a los mismos, su vereda tiene la anchura justa y rejusta para que quepan los de siempre. Los soplos de aire fresco en este pueblo no tienen cabida porque todo el mundo se asegura de que estén bien cerradas sus respectivas ventanas.
No van, ni unos ni otros, a conquistar nada. Creo que más bien deberíamos imaginárnoslos como ese general que ha instalado una silla a la sombra de un árbol desde el que puede contemplar todo el territorio que el padre del padre del padre del padre de su abuelo sí que conquistó una vez. Ese general no tiene más que quedarse sentado, al fresco, y dejar que se le vaya resbalando la baba mientras mira todas sus cosas, que en realidad nunca le han pertenecido y nunca le pertenecerán.
Eso sí, es preferible. Preferible porque ya hay suficientes cabezitas que se creen y participan de esta pantomima. Sea toda pasividad bienvenida.
Y preferible claro, porque al no tener intención de echar el sobre en el buzón de mis abuelos, me han evitado más minutos de interrupción de la lectura.
Cada persona saca provecho de fuentes diferentes, pero todos sacamos provecho.
Así que bueno... a guarrearse.
Estoy sentada en el pueblo (que más da el pueblo, los pueblos cada vez son más parecidos, si es que acaso alguna vez ha existido esa diversidad cultural de la que hablan tanto), en casa de mis abuelos. Estoy leyendo, así que el hecho de que llegue la tropa socialista y se tiren media hora delante del buzón echando los votos me molesta doblemente: lo politicoso del asunto y que tenga que dejar de leer aunque sea un sólo minuto. Y dejan los sobres con los votos y se van, saludándome por la ventana porque mis abuelos son del PSOE y saben, de antemano, que entonces yo también estoy hereditariamente condenada a serlo o a hacer la papeleta de que lo soy.
Pero bueno, si eso no es lo que quería contar. Quería contar que después llega la tropa derechorra, y se paran también en el buzón, mirando de una forma todavía más estúpida aún que los anteriores, como si no supiesen quién vive tras las paredes que tienen delante.
Y no echarán sobre alguno. Antes de pisar la calle ya saben, de antemano, en qué casas echarán y en cuales no sus cartitas. Pero se paran, como si una repentina lucidez les hubiera hecho llegar a pensar en la posibilidad de reinventarse. Reinventémonos, vamos a unir a nuestra causa a esa gente que no ha estado nunca de nuestro lado.
Pero ya lo he dicho, que ya vienen con sus ideas fijas (bueno, nacieron ya con unas ideas fijas que serán las que tengan hasta que simple y llanamente se mueran) y no han echado ningún sobre.
Así que, mi conclusión es que no se trata de conseguir adeptos, ni de razonar, o de razonar al menos para convencer. Sus discursos siempre están dirigidos a los mismos, su vereda tiene la anchura justa y rejusta para que quepan los de siempre. Los soplos de aire fresco en este pueblo no tienen cabida porque todo el mundo se asegura de que estén bien cerradas sus respectivas ventanas.
No van, ni unos ni otros, a conquistar nada. Creo que más bien deberíamos imaginárnoslos como ese general que ha instalado una silla a la sombra de un árbol desde el que puede contemplar todo el territorio que el padre del padre del padre del padre de su abuelo sí que conquistó una vez. Ese general no tiene más que quedarse sentado, al fresco, y dejar que se le vaya resbalando la baba mientras mira todas sus cosas, que en realidad nunca le han pertenecido y nunca le pertenecerán.
Eso sí, es preferible. Preferible porque ya hay suficientes cabezitas que se creen y participan de esta pantomima. Sea toda pasividad bienvenida.
Y preferible claro, porque al no tener intención de echar el sobre en el buzón de mis abuelos, me han evitado más minutos de interrupción de la lectura.
Cada persona saca provecho de fuentes diferentes, pero todos sacamos provecho.
jueves, 19 de mayo de 2011
Último tango en París.
Esta vez opinar es sencillo: ¡Perturbadoramente excitante! o ¡¡Guau!!

- ¿Sabes? él y yo hacemos el amor.
- Oh ¿de verdad? Qué extraordinario. ¿Y él lo hace bien?
- De maravilla.
- Tú eres una infeliz. Sí, porque el mejor sitio para joder esta aquí, en este piso.
- Él está lleno de misterios.
- Escucha pajarito bobo, todos los misterios que puedas llegar a conocer en tu vida están aquí.
- Es como todo el mundo pero a la vez es distinto. ¿Sabes? hasta me da miedo.
A veces mE asusta.
- ¿Qué es, un chulo de barrio?
- Podría serlo, lo parece. ¿Quieres saber por qué estoy enamorada de él?
- Uy si, estoy impaciente.
- Porque sabe como conseguir que me enamore de él.
- Aja, y quieres que ese hombre al que amas te proteja y cuide de ti. Quieres que ese brillante y dorado guerrero te construya una fortaleza en la que puedas refugiarte para ya no volver a tener miedo, desterrar el miedo, y no volver a sentirte nunca más sola ni encontrarte nunca vacía. ¿Es eso lo que quieres verdad?
- Sí
- Pues nunca lo encontrarás.
- Pero si ya he encontrado a ese hombre.
- Bueno entonces no tardará mucho en pedirte que seas tú la que le construya una fortaleza con la ayuda de tus pezones, tu pelo, tu sonrisa, tu olor, y buscará un lugar en el que se sienta lo suficientemente cómodo y lo suficientemente seguro para poder adorar su propio aguijón.
- Te digo que he encontrado a ese hombre.
- No no, estás solas, tú estás sola. Y no serás capaz de liberarte de ese sentimiento de soledad hasta que mires a la muerte de frente. Ahhh, pero eso suena a romanticismo de mierda.

- ¿Sabes? él y yo hacemos el amor.
- Oh ¿de verdad? Qué extraordinario. ¿Y él lo hace bien?
- De maravilla.
- Tú eres una infeliz. Sí, porque el mejor sitio para joder esta aquí, en este piso.
- Él está lleno de misterios.
- Escucha pajarito bobo, todos los misterios que puedas llegar a conocer en tu vida están aquí.
- Es como todo el mundo pero a la vez es distinto. ¿Sabes? hasta me da miedo.
A veces mE asusta.
- ¿Qué es, un chulo de barrio?
- Podría serlo, lo parece. ¿Quieres saber por qué estoy enamorada de él?
- Uy si, estoy impaciente.
- Porque sabe como conseguir que me enamore de él.
- Aja, y quieres que ese hombre al que amas te proteja y cuide de ti. Quieres que ese brillante y dorado guerrero te construya una fortaleza en la que puedas refugiarte para ya no volver a tener miedo, desterrar el miedo, y no volver a sentirte nunca más sola ni encontrarte nunca vacía. ¿Es eso lo que quieres verdad?
- Sí
- Pues nunca lo encontrarás.
- Pero si ya he encontrado a ese hombre.
- Bueno entonces no tardará mucho en pedirte que seas tú la que le construya una fortaleza con la ayuda de tus pezones, tu pelo, tu sonrisa, tu olor, y buscará un lugar en el que se sienta lo suficientemente cómodo y lo suficientemente seguro para poder adorar su propio aguijón.
- Te digo que he encontrado a ese hombre.
- No no, estás solas, tú estás sola. Y no serás capaz de liberarte de ese sentimiento de soledad hasta que mires a la muerte de frente. Ahhh, pero eso suena a romanticismo de mierda.
miércoles, 18 de mayo de 2011
.
Siento afuera,
la brisa suave del otoño.
Siento adentro,
un diluvio salvaje de tormenta.
Tengo un adentro
y un afuera
en discrepancia.
Pero soy posible.
En esta rivera, en la otra.
En el río,en el mar.
O en los cuatro.
Como breve canción.
la brisa suave del otoño.
Siento adentro,
un diluvio salvaje de tormenta.
Tengo un adentro
y un afuera
en discrepancia.
Pero soy posible.
En esta rivera, en la otra.
En el río,en el mar.
O en los cuatro.
Como breve canción.
martes, 17 de mayo de 2011
Jane Birkin & Serge Gainsbourg
Como la ola irresoluta,
yo voy, voy y vengo.
Entre tus caderas.
Voy y vengo entre tus caderas.
Y yo me retengo.
Tú eres la ola, yo la isla denuda.
Tú vas, vas y vienes.
Entre mis caderas.
Tú vas y vienes entre mis caderas.
Y yo te retengo.
yo voy, voy y vengo.
Entre tus caderas.
Voy y vengo entre tus caderas.
Y yo me retengo.
Tú eres la ola, yo la isla denuda.
Tú vas, vas y vienes.
Entre mis caderas.
Tú vas y vienes entre mis caderas.
Y yo te retengo.
viernes, 13 de mayo de 2011
Recuerdos de(l) Mar.
Hacía sólo un mes que se había trasladado a vivir al pequeño apartamento que ahora podía contemplar, íntegramente, desde el fregadero de la cocina, lavando la pila de loza acumulada durante los días y días de tedio (ese mínimo espacio, esa reducción del movimiento y de la voluntad).
Sentía que la sola obligación de esos actos repetitivos la estaba ahogando (dejar caer, descuidadamente, las gotas de lejía sobre el estropajo, amarillento ya del uso; acercarlo al fino chorro de agua; coger, con la mano izquierda el plato o vaso que al azar tocase cada momento; restregar, casi violentamente, el estropajo para acabar con la suciedad incrustada, una suciedad que parecía aferrarse a esa superficie fría e inanimada con tanto ahínco como una madre se aferra, en un abrazo final, a ese hijo al que tardará mucho tiempo en volver a ver, y que, aún cuando regrese, ya no será su hijo; y depositarlo, finalmente en las rejillas, a través de las cuales cae, gota a gota, la miseria propia y la miseria del mundo, que a fin de cuentas, a ella le parecía una misma cosa).
Podía simplemente abandonar la tarea y retomarla después, más calmada,
o claudicar por siempre ante cualquier tarea de limpieza, bajo un gesto simbólico: estrellar, por ejemplo, cada pieza de la vajilla contra el suelo, que no se sublevaría, que acogería más como testigo que como víctima, cada golpe, y que mudo curaría con el tiempo (como ocurre con los hombres) los rasguños de tanto cristal roto.
Pero a ella, que no estaba hecha de baldosa dura ni de sumisión absoluta,
ese acto, aunque liberador durante su transcurso, no le valdría de nada pasados unos minutos, justo por su simbolismo.
Así, siguió fregando, la mirada puesta en el pasado, tratando de reconquistar un pedacito de esa luz pura que ahora tanto le faltaba.
Mar, del color del cielo, con sabor a sal. Mar, que me traes nostalgias, y me traes recuerdos, que ya no sé donde guardar.
Su abuela canturreaba, sentada sobre SU sillón marrón, incómodo,
de reposabrazos duros, acartonados, cuyo respaldo tenía cosidos tres botones que se incrustaban en la espalda y que a la niña le recordaban al cuento de la princesa y el guisante. Canturreaba bajito esa canción con su nombre, Mar, Mar… lo cantaba para ella.
La cabeza, extremadamente redonda, coronada por ese pelo ya gris pero que conservaba aún el ondulamiento de una juventud malograda, apoyada sobre la mano. Los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta.
Parecía dormir, pero ella sabía que no, que abriría los ojos de un momento a otro, alertada por alguna de las imégenes de su amplia gama de malos presagios (que la enagüilla empezara a quemarse y se extendiera por el cuerpo de su nieta, o que la niña, distraída, se fuera a la cocina y enredara, porque sí, con los cuchillos afilados del primer cajón) que su mente le imponía como resistencia contra el descanso.
Y efectivamente, abría los ojos. Y entonces su abuela, invariablemente, la buscaba con la mirada, algo inquieta.
- Ah estás ahí. No vayas a moverte de ahí en toda la siesta, que eres muy enreda, a saber que te pasaría.
Y ella, que llevaba horas sentada, leyendo este o aquel libro, hacía un gesto de desesperación, tratando de averiguar qué aspecto concreto de su conducta podía definirse como enreda en ese momento.
Y su abuela no se dormiría. Todavía quedaba aún un presagio: más abstracto, más metafísico. Abría los ojos, y la buscaba.
Ya no estaba inquieta, y nunca, ni con el paso del tiempo, logró la niña descifrar esa última mirada de las siestas.
- Mar, deja ya de mirar ese libro. De tanto mirar libros te vas a quedar tonta.
Y por fin, se perdía en un sueño profundo.
Y ella, que sin saber porqué (cierta tristeza ante lo cruel de la ignorancia) ya no podía seguir leyendo, y que no podía tampoco dormir, se quedaba durante la restante hora observando la figura de su abuela, tratando de asimilar las contradictorias oleadas de rechazo y cariño que atenazaban su corazón y que le daban ganas de llorar.
Sentía que la sola obligación de esos actos repetitivos la estaba ahogando (dejar caer, descuidadamente, las gotas de lejía sobre el estropajo, amarillento ya del uso; acercarlo al fino chorro de agua; coger, con la mano izquierda el plato o vaso que al azar tocase cada momento; restregar, casi violentamente, el estropajo para acabar con la suciedad incrustada, una suciedad que parecía aferrarse a esa superficie fría e inanimada con tanto ahínco como una madre se aferra, en un abrazo final, a ese hijo al que tardará mucho tiempo en volver a ver, y que, aún cuando regrese, ya no será su hijo; y depositarlo, finalmente en las rejillas, a través de las cuales cae, gota a gota, la miseria propia y la miseria del mundo, que a fin de cuentas, a ella le parecía una misma cosa).
Podía simplemente abandonar la tarea y retomarla después, más calmada,
o claudicar por siempre ante cualquier tarea de limpieza, bajo un gesto simbólico: estrellar, por ejemplo, cada pieza de la vajilla contra el suelo, que no se sublevaría, que acogería más como testigo que como víctima, cada golpe, y que mudo curaría con el tiempo (como ocurre con los hombres) los rasguños de tanto cristal roto.
Pero a ella, que no estaba hecha de baldosa dura ni de sumisión absoluta,
ese acto, aunque liberador durante su transcurso, no le valdría de nada pasados unos minutos, justo por su simbolismo.
Así, siguió fregando, la mirada puesta en el pasado, tratando de reconquistar un pedacito de esa luz pura que ahora tanto le faltaba.
Mar, del color del cielo, con sabor a sal. Mar, que me traes nostalgias, y me traes recuerdos, que ya no sé donde guardar.
Su abuela canturreaba, sentada sobre SU sillón marrón, incómodo,
de reposabrazos duros, acartonados, cuyo respaldo tenía cosidos tres botones que se incrustaban en la espalda y que a la niña le recordaban al cuento de la princesa y el guisante. Canturreaba bajito esa canción con su nombre, Mar, Mar… lo cantaba para ella.
La cabeza, extremadamente redonda, coronada por ese pelo ya gris pero que conservaba aún el ondulamiento de una juventud malograda, apoyada sobre la mano. Los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta.
Parecía dormir, pero ella sabía que no, que abriría los ojos de un momento a otro, alertada por alguna de las imégenes de su amplia gama de malos presagios (que la enagüilla empezara a quemarse y se extendiera por el cuerpo de su nieta, o que la niña, distraída, se fuera a la cocina y enredara, porque sí, con los cuchillos afilados del primer cajón) que su mente le imponía como resistencia contra el descanso.
Y efectivamente, abría los ojos. Y entonces su abuela, invariablemente, la buscaba con la mirada, algo inquieta.
- Ah estás ahí. No vayas a moverte de ahí en toda la siesta, que eres muy enreda, a saber que te pasaría.
Y ella, que llevaba horas sentada, leyendo este o aquel libro, hacía un gesto de desesperación, tratando de averiguar qué aspecto concreto de su conducta podía definirse como enreda en ese momento.
Y su abuela no se dormiría. Todavía quedaba aún un presagio: más abstracto, más metafísico. Abría los ojos, y la buscaba.
Ya no estaba inquieta, y nunca, ni con el paso del tiempo, logró la niña descifrar esa última mirada de las siestas.
- Mar, deja ya de mirar ese libro. De tanto mirar libros te vas a quedar tonta.
Y por fin, se perdía en un sueño profundo.
Y ella, que sin saber porqué (cierta tristeza ante lo cruel de la ignorancia) ya no podía seguir leyendo, y que no podía tampoco dormir, se quedaba durante la restante hora observando la figura de su abuela, tratando de asimilar las contradictorias oleadas de rechazo y cariño que atenazaban su corazón y que le daban ganas de llorar.
La rebelión de las masas; Ortega y Gasset.
La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esa fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos dispares sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada.
La fatalidad en que caemos al caer en este mundo consiste en todo lo contrario.
En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias, y consecuentemente, nos fuerza a elegir. ¡Sorprendente condición la de nuestra vida!
Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir.
....
Porque repárese cúal es la situación actual: mientras evidentemente todas las demás cosas de la cultura se han vuelto problemáticas - la política, el arte, las normas sociales, la moral misma - hay una que cada día comprueba, de la manera más indiscutible y más propia para hacer efecto al hombre-masa, su maravillosa eficacia: la ciencia empírica.
Cada día facilita un nuevo invento que ese hombre medio utiliza. Cada día se produce un nuevo analgésico o vacuna, del que ese hombre medio se beneficia.
Todo el mundo sabe que si se triplicasen o decuplicasen los laboratorios, se multiplicarían automáticamente riqueza, comodidades, salud y bienestar.
¿Cómo, no obstante, no hay sombra de que las masas se pidan a sí mismas un sacrificio de dinero y de interés para dotar mejor a la ciencia?.
Lejos de esto, la posguerra ha converido al hombre de ciencia en el nuevo paria social. Y conste que me refiero a físicos, biólogos, químicos, no a fílósofos. La filosofía no necesita protección, ni atención, ni simpatía de la masa.
Cuida su aspecto de perfecta inutilidad y con ello se libera de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma por esencia problemática , y abraza alegre su libre destino de pájaro, sin pedir a nadie que cuente con ella, ni recomendarse, ni defenderse.
Si a alguien buenamente le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatía humana; pero no vive de ese probecho ajeno, ni lo premedita, ni lo espera. ¿Cómo va a pretender que nadie la tome en serio, si ella comienza por dudar de su propia existencia, si no vive más que en la medida en que se combata a sí misma, en que se desviva a sí misma?.
Pero las ciencias experimentales sí necesitan de las masas,
como ésta necesita de ellas.
La fatalidad en que caemos al caer en este mundo consiste en todo lo contrario.
En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias, y consecuentemente, nos fuerza a elegir. ¡Sorprendente condición la de nuestra vida!
Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir.
....
Porque repárese cúal es la situación actual: mientras evidentemente todas las demás cosas de la cultura se han vuelto problemáticas - la política, el arte, las normas sociales, la moral misma - hay una que cada día comprueba, de la manera más indiscutible y más propia para hacer efecto al hombre-masa, su maravillosa eficacia: la ciencia empírica.
Cada día facilita un nuevo invento que ese hombre medio utiliza. Cada día se produce un nuevo analgésico o vacuna, del que ese hombre medio se beneficia.
Todo el mundo sabe que si se triplicasen o decuplicasen los laboratorios, se multiplicarían automáticamente riqueza, comodidades, salud y bienestar.
¿Cómo, no obstante, no hay sombra de que las masas se pidan a sí mismas un sacrificio de dinero y de interés para dotar mejor a la ciencia?.
Lejos de esto, la posguerra ha converido al hombre de ciencia en el nuevo paria social. Y conste que me refiero a físicos, biólogos, químicos, no a fílósofos. La filosofía no necesita protección, ni atención, ni simpatía de la masa.
Cuida su aspecto de perfecta inutilidad y con ello se libera de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma por esencia problemática , y abraza alegre su libre destino de pájaro, sin pedir a nadie que cuente con ella, ni recomendarse, ni defenderse.
Si a alguien buenamente le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatía humana; pero no vive de ese probecho ajeno, ni lo premedita, ni lo espera. ¿Cómo va a pretender que nadie la tome en serio, si ella comienza por dudar de su propia existencia, si no vive más que en la medida en que se combata a sí misma, en que se desviva a sí misma?.
Pero las ciencias experimentales sí necesitan de las masas,
como ésta necesita de ellas.
martes, 10 de mayo de 2011
El primer hombre (II)
- ¿No ha tenido malos pensamientos?
-Sí, padre - decía el niño, al azar.
Aunque ignorara cómo podía ser malo un pensamiento.
.......
El avión bajaba hacia Argel.
El Mediterráneo separa en mí dos universos, el de los espacios mesurados, donde se conservaban los recuerdos y los nombres, y el de lo vastos espacios, donde el viento de arena borraba las huellas de los hombres.
Había tratado de escapar al anonimato, a la vida pobre, ignorante, obstinada, incapaz de vivir al nivel de esa paciencia ciega, sin frases, sin otro proyecto que lo inmediato.
-Sí, padre - decía el niño, al azar.
Aunque ignorara cómo podía ser malo un pensamiento.
.......
El avión bajaba hacia Argel.
El Mediterráneo separa en mí dos universos, el de los espacios mesurados, donde se conservaban los recuerdos y los nombres, y el de lo vastos espacios, donde el viento de arena borraba las huellas de los hombres.
Había tratado de escapar al anonimato, a la vida pobre, ignorante, obstinada, incapaz de vivir al nivel de esa paciencia ciega, sin frases, sin otro proyecto que lo inmediato.
sábado, 7 de mayo de 2011
El primer hombre; Albert Camus.
Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba.
El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más allá, más lejos, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.
El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más allá, más lejos, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Je t'ai toujuors aimée
Avant de perdre ma face
Et de m’éteindre comme un vieux mégot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes fesses
Ou je cachais chaque nuit
Le plus précieux de mon magot
Avant de vomir mes adieux
Et de m’écrouler comme un vieux poivrot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes yeux
Ou je cachais chaque nuit
Les plus brûleux de mes propos
Je t’ai toujours aimée...
Avant de sombrer dans l’erreur
Et de couler comme un vieux cargo
Mon tout dernier regard
Se portera sur ton cœur
Où je cachais chaque nuit
Les plus honteux de mes sanglots
Avant de perdre ma face
Et de m’éteindre comme un vieux mégot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes fesses
Ou je cachais chaque nuit
Le plus précieux de mon magot
Je t'ai toujours aimée...
Et de m’éteindre comme un vieux mégot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes fesses
Ou je cachais chaque nuit
Le plus précieux de mon magot
Avant de vomir mes adieux
Et de m’écrouler comme un vieux poivrot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes yeux
Ou je cachais chaque nuit
Les plus brûleux de mes propos
Je t’ai toujours aimée...
Avant de sombrer dans l’erreur
Et de couler comme un vieux cargo
Mon tout dernier regard
Se portera sur ton cœur
Où je cachais chaque nuit
Les plus honteux de mes sanglots
Avant de perdre ma face
Et de m’éteindre comme un vieux mégot
Mon tout dernier regard
Se portera sur tes fesses
Ou je cachais chaque nuit
Le plus précieux de mon magot
Je t'ai toujours aimée...
Por el camino de Swann; II.
Hasta cuando no pensaba en la frase, seguía latente en su ánimo, lo mismo que esas otras nociones sin equivalente, como la luz, el relieve, el sonido, la voluptuosidad física etc. que son los ricos dominios en los que se diversifica nuestro reino interior.
Quizás los perdamos, quizás se borren, si es que volvemos a la nada; pero mientras vivamos no nos queda otro remedio que darlos por conocidos. [... ]
Acaso la nada sea la única verdad y no exista nuestro ensueño;
pero entonces, esas frases musicales, esas nociones que en relación a la nada existen, tampoco tendrán realidad.
Pereceremos; pero nos llevamos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parece menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable.
Quizás los perdamos, quizás se borren, si es que volvemos a la nada; pero mientras vivamos no nos queda otro remedio que darlos por conocidos. [... ]
Acaso la nada sea la única verdad y no exista nuestro ensueño;
pero entonces, esas frases musicales, esas nociones que en relación a la nada existen, tampoco tendrán realidad.
Pereceremos; pero nos llevamos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parece menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable.
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