lunes, 27 de junio de 2011

Retengo mi lugar en la cumbre de esta angelical escala del sentido común.
En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no... no, no puedo.

¿Qué mentiras debo sostener?


Una temporada en el infierno

viernes, 24 de junio de 2011

Soñé irme lejos y lejos y lejos,
a cada paso alejarse más,
a cada paso un estar cerca menos.
El sueño se me escapaba y daba

la vuelta al mundo y yo regresaba,
con otro cuerpo, a mi punto de huida.

A escuchar la muerte de los niños y el maullar de los gatos, a caer en los pistilos, en las ramas,

en el arsenal inmenso de los olores a ropa tendida y a iglesia antigua.

Con las rodillas partidas,
los ojos apagados y el corazón lleno de humo, apretado contra ambas manos,
dispuesta a sembrarlo en esta tierra estéril de la que el hombre imagina el fruto,
en estos páramos yermos de mi infancia del sur en la que siempre inventé flores
donde sólo hubo vacío.
Yo sé de los cielos que estallan en rayos,
y de las trombas y de las resacas y de las corrientes:
¡yo sé de la tarde, del alba exaltada como un pueblo de palomas,
y he visto alguna vez eso que el hombre ha creído ver!


El barco ebrio; Rimbaud.

martes, 21 de junio de 2011



Última noche de estudios y repasos, de papeles. Noche-insomnio.
Mañana pisamos muchos por última vez (o penúltima) ese campus yermo,
feo y oficinesco, aunque sí después tenga sus pequeños misterios como ese fenómeno que tanto me ha agitado todo el curso:
autobuses a los que no se dirige la gente corriendo para cogerlos, sino que más bien, ellos (los autobuses) corren de la gente para que nadie los coja.
Me iré sin profundizar, en eso ni... en apenas nada...........

miércoles, 15 de junio de 2011

Para Jeanne, la dificultad de escribir, ya sea una novela, un guión de una película de cine negro, una pequeña obra de teatro, el prólogo de un libro mediocre o nuestro propio testamento, no estriba tanto en el qué sino en el cómo: ¿cómo queremos decir aquello que nos hemos propuesto contar?.

A ella, que llevaba todo un mes con la idea de escribir un libro y toda una vida paralela a su deseo, que la arrastraba a no escribir nunca nada, no le suponía ningún problema afrontar (como afronta el anciano la muerte que le ronda con las pocas herramientas válidas que le han ido dando los años) la cuestión del qué escribir.
Siempre, desde que empezó a garabatear pequeñas frases en los folios que encontraba perdidos y arrugados por su casa, la temática de todo lo que escribía le venía dada, como si no se tratase tanto de una pretensión como de un impulso. Al igual que una bola rueda y se desplaza ante la fuerza de un pie que la golpea, Jeanne rodaba por esos folios, llenando los espacios vacíos de palabras, frases, que después, casi milagrosamente, se convertían en párrafos e historias enteras, que se asentaban sobre una fuerza ajena a ella que simplemente golpeaba su mano.
Pero una vez traspasada la frontera del qué escribir, se le presentaba ese gigante obstáculo que poblaba muchas de sus pesadillas de este último mes: ¿cómo quería contarlo?. Para ella, el compromiso de todo escritor con respecto a su condición no comienza con el simple hecho de escribir ni de publicar sus obras, al fin y al cabo, piensa que todo el mundo sabe y puede escribir, mejor o peor, sobre casi cualquier tema. Uno no conquista la condición de escritor por el hecho de escribir (que es sólo uno de los aspectos secundarios del “oficio”), sino que la verdadera conquista sólo le viene dada a cada persona cuando aprende de qué modo va a llenar página a página su libro. Aunque más que un aprendizaje se trate de un descubrimiento algo fortuito, y que como fortuito, pueda darse o no. Para Jeanne, sólo aquellos que han conseguido hurgarse por dentro y hallar su modo particular y exclusivo de contar la vida merecen ser llamados escritores.

Hace ya varios años ella le expuso estas ideas, que apenas si comenzaban a formársele por entonces, a Pierre, que era, también por entonces, una vaga idea de novio que le duró un relativo tiempo. Jeanne pasó dos horas explicándole sus teorías, sentada en el borde de una cama pulcra, inmaculada, en un soliloquio continuo a través del que intentaba, inconscientemente, recorrer el tiempo físico, el de las manecillas caprichosas del reloj, lo más livianamente posible, hasta la hora de marcharse.
Cuando calló, Pierre bostezaba y tenía los ojos ligeramente rojos (¿de aburrimiento? ¿de cansancio?). Aún así, sacó fuerzas suficientes para darle lo más parecido a una respuesta que demostrase que había estado prestando atención:

- Sí vamos, lo que quieres decir es que para ti sólo son verdaderos escritores aquellos que tienen un estilo propio.

A Jeanne le horrorizó tanto esa síntesis tan simple de sus propias ideas, que ese día, cuando salió por la puerta del pequeño piso de Pierre, ya sabía que sería la última vez que pisaría aquel umbral, incluso aquel barrio.
Pero no nos desviemos del quid de la cuestión. Jeanne considera que lo más importante, lo único intransferible que poseen las personas que escriben, es su forma de hacerlo (su forma, que no su estilo). Y espantada, lleva un mes descubriendo que ella carece por completo de esa forma y sumida en la inseguridad.

La primera semana, los sudores le habían venido por la incapacidad absoluta para decidir si su historia debía ser contada en primera o en tercera persona.
Tenía la misma cantidad de razones para abrazar o rechazar cada una de las formas. Por la tarde la cabeza empezaba a dolerle, y tuvo que tomar una aspirina. No paraba de pensar que esta decisión, que siempre le había parecido simple (y que hasta cierto punto, también siempre le había “venido regalada”) la atrapaba sin remedio en una jaula metodológica de la que ya no podría salir en todo el resto del libro. No estaba decidiendo si contar su historia en primera persona o en tercera persona, en realidad, decidía las fauces de qué león iba a dejar que la devoraran: si escribía en tercera persona, el león que masticaría su cuerpo ya entregado sería el león de la mentira; de lo contrario, sería el león de la verdad, la realidad, quien se la tragase.

Desde pequeña hasta el día de hoy, Jeanne había leído cantidad de libros (una cantidad que ahora le parecía oficialmente incontable), y con el correr del tiempo y de los capítulos, había llegado a una conclusión, que aunque no consideraba del todo como una certeza, si había tomado trono y echado raíces en su mente: un escritor no podía escribir más que de sí mismo.
Todos los libros hablan del yo del escritor, de algo que ha vivido, de algo que ha sentido, de su cotidianidad, y aquello que el escritor inventa y que no se relaciona con lo que ha experimentado, sí está relacionado sin embargo con el basto imperio de todo aquello que hubiera deseado experimentar, o al imperio contiguo de lo que vio experimentar en la vida de otros.
Así, partiendo de esta idea (que como casi todas las ideas del ser humano no tienen esencia de certeza, sino que germinan a través de las semillas de la ignorancia y, a fuerza de cohesión y empecinamiento acaban con el tiempo por mostrarse coherentes y hasta posibles verdades) si se decidía finalmente a escribir su libro en tercera persona, estaría mintiendo.
Avanzaría paso a paso hasta el grupo de escritores (vivos y muertos) que ella misma había leído, que escribían desde la distancia, desde el anonimato, para contar lo cercano y lo propio. Esos escritores que muchas veces le habían hecho perder la paciencia, y hasta enfadarse, por no poder llegar a saber si aquello que estaba leyendo formaba parte de la privacidad y las vivencias del autor, o sólo eran invenciones o escenas hiladas que hubiera contemplado éste un buen día, mientras caminaba por alguna calle de su ciudad natal, por ejemplo.
Todo lo contrario ocurriría si se decidiese a escribir en primera persona. Estaría entonces exponiéndose a sus lectores, y el libro se revestiría en forma de reclamo: estoy aquí, entre estas líneas, y esto es lo que soy y cuanto he pensado y he vivido. Lo escribo desde mí, en mi defensa y contra mí, y ya no necesito disfrazarme porque este acto de premeditada desnudez es mi acto final, mi primera y última función.
Si escribía en primera persona, sería una escritora de y en la verdad.

En toda la semana no supo decidirse.
Y sigue, tras el transcurso lento y pesado del mes, sin saber si quiere desencadenar en su público la curiosidad desgarradora que provoca el no saber, o la complaciente ternura del lector que se asoma a la intimidad de un autor, sabiendo que la comprende, y que hasta cierto punto, la comparte.

viernes, 10 de junio de 2011

DeSvaRíOo: "decías que eran dignos de escribirse"

De los últimos 5 libros que he ido cogiendo de la biblioteca,
los 5 estaban subrayados o escritos por alguien.
Me pregunto ¿quién escribe en un libro de biblioteca?
Un libro de biblioteca, que es un clarísimo y determinado tipo de libro.
Me pregunto ¿quién escribe en libros que no son suyos?.
De hecho, más allá de eso (algo que no entiendo por la banal razón de que no sea costumbre compartida) me pregunto ¿no será siempre la misma persona la que "profrana" distintos libros?.
Lo temo. Hay una persona, no sé si mi alma gemela o mi demonio particular, que elije los mismos libros que tiempo después, paseando por la misma estantería (a veces premeditadamente pero en la mayoría de los casos tras el impulso del vagabundeo) acabo escogiendo yo.
Esa persona ¿existe? pues me aterroriza.
Ha escogido "En busca del absoluto" para demostrarme que además de influir en mis lecturas quiere hacerlo caótica o por lo menos improductivamente.
La primera vez que ha aparecido la palabra Sandwich en la página 87, a lápiz, la ha subrayado. En la página 88, en su segunda aparición, ha extendido una flecha hasta una nota, también a lápiz en la que llanamente escribe: NO.
Y en esa misma página, aparece el"tercer sandwich", o mejor dicho, debería aparecer: esta vez violentamente (a bolígrafo puro) ha tachado y borrado la palabra. Vamos que: primero hace que exista dándole importancia, después ya contrariado se la niega y finalmente, simplemente la mata.
¡Y a una palabra tan absurda!
¿Quién me escribe, me subraya y me mata parte de los libros?
Me da rabia. Si me empezara a dar menos rabia y más miedo, cambiaré de biblioteca, pero qué fastidio cuando no hay más en la ciudad... no! mejor, dejaré de ir a la biblioteca y compraré los libros, pero qué caro me va a salir cada capricho... no! ya sé, ya sé, empezaré a leer todo lo que este intrigante personaje, como alma gemela y diablo personal, sabe que ni como parada natural ni destino leería: manuales de didáctica general o las diferentes Constituciones que ha tenido España.
Sí, sí. Es una buena forma de darle esquinazo aunque...
¡dios! una forma perfecta de perder el gusto por la lectura.
¡dios! Ya sé quién me escribe en los libros. Es mi vagancia, mi mediocridad, mis defectos todos, los grilletes de mi caverna . Madre mía ¡¡¡ES MI YO ANALFABETO!!!

Ha aprendido a escribir sólo para que yo deje de leerlo.


Mi infancia pasaba en alas de silencios,
entre falsas reverencias y simulacros de batalla.
El invierno reinaba en el vientre de la gran casa.
¿Quién había anclado?
El Norte entre los juncos.
La mitad del verano desnudo, todo era tan modesto.
Siempre con la certeza que mis tíos, hace tiempo,
habían robado mi viejo Oeste.

Mi infancia pasaba con las mujeres en la cocina,
mientras yo soñana con China. Se envejecía mi comida.
Los hombres se envolvían en tabaco,
taciturnos, flamencos y sabios, y no sé que más...
Yo que todas las noches me arrodillaba por nada,
al pie de la gran cama.
Quería tomar un tren que nunca he tomado.

Mi infancia pasaba de Cervantes en Cervantes,
y me preguntaba ya como crecían las plantas.
Y me sorprendía de pronto con esta clase de familia,
paseando de muerte en muerte, siempre vestidos de luto.
Pero más me sorprendía aún de este triste rebaño,
que me enseñó a llorar.
Aquellos que yo sabía bien que tenían la mirada de pastor,
pero el corazón de cordero.

Mi infancia se rompía y ya era un adolescente.
Y el muro de silencio se rompió una mañana.
Y fue la primera flor, y la primera novia.
La primera lección y el primer miedo.
Yo juro que podía volar, yo juro que volé.
Mi corazón abrió sus brazos y ya no había más barbarie.

Pero la guerra llegó,
y aquí estamos esta noche.

lunes, 6 de junio de 2011





En el primer tiempo del vals estás sola pero ya sonríes.
En el primer tiempo del vals estoy solo pero te diviso.
Y París que lleva el compás, París que mide nuestra emoción.
Y París que lleva el compás, me murmura muy bajito...

Un vals a tres tiempos, que se ofrece así pase el tiempo,
para regalar recodos al amor ¡mira qué encantador!

Un vals a mil tiempos que espera pacientemente veinte años,
para que tú tengas veinte años, para que yo tenga veinte años.
Un vals a mil tiempos que ofrece sólo a los amantes,
trescientas treinta y tres veces de crear un amor.

En el segundo tiempo del vals, estamos los dos, tú estás en mis brazos,
contamos los dos juntos, uno, dos, tres.
Y París que lleva el compás, París que mide nuestra emoción.
Y París que lleva el compás, ya nos empieza a tararear...

Un vals a tres tiempos, que se ofrece así pase el tiempo,
para regalar recodos al amor ¡mira qué encantador!

Un vals a mil tiempos que espera pacientemente veinte años,
para que tú tengas veinte años, para que yo tenga veinte años.
Un vals a mil tiempos que ofrece sólo a los amantes,
trescientas treinta y tres veces de crear un amor.

En el tercer tiempo del vals, por fin los tres valseamos.
En el tercer tiempo del vals, estás tú, está el amor y estoy yo.
Y París que lleva el compás, París que mide nuestra emoción.
Y París que lleva el compás, deja por fin estallar su alegría.

sábado, 4 de junio de 2011

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma. (Galeano)

Que mundo tan bello. Que humanidad tan triste.