domingo, 3 de julio de 2011

Proceso,desliz.

Te pido que me aclares, que me convenzas.
Entonces me hablas del pecado (?) que es lo que me brilla en los ojos,
me dices que el pecado sólo aguanta en el cuerpo hasta que se comete y después ya no ha sido pecado, ni siquiera atrevimiento.
Me dices que en realidad, los únicos pecados reales son los que no llegan a ocurrir,

que los únicos pecados son los de la mente.
Entonces: el beso.

A la noche, tumbada en la cama, repaso punto a punto la conversación, me estanco en estas frases y empiezo a pensar que las he escuchado alguna otra vez. No, las he leído. Muy parecidas. Hace años.

Subo a la estantería y bajo con el libro a cuestas, segura de que allí te encontraré de nuevo, y me devoro el libro, febrilmente.
Y allí está, lo que me has dicho:

"Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella.
Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados".

Entonces estalla el rodar de la conciencia: he estado hablando con un pequeño Wilde más callejero y moderno. Me he quedado atrapada entre palabras. ¿Puede ser? En las palabras de un presuntuoso que se mira en el reflejo de las fuentes. Un Narciso. Eres su personaje.

Me estoy enamorando de Dorian Gray a sabiendas de su parte oscura,
de su sonrisa cruel. Te escribo a las tantas, con fiebre, ¡con pavor! y te escribo tan extraño... que el hecho de que contestes como si lo que yo he escrito fuera medio normal, casi como si lo hubieras esperado, me pone aún más nerviosa.
Me dices que cuanto he tardado en descubrirlo, me escribes:
"cuanto tiempo has tardado en apartar el biombo".

¿Entonces sabes perfectamente de lo que hablo? ¿Es que me entiendes?.
Me desarropo acalorada y ya no pegaré ojo en toda la noche.

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