¿Quién soy yo cuando estoy sintiendo? ¿Qué es lo que muero cuando soy?.
SÍ! ¿Qué es lo que muero cuando soy?
Y así, me invita Pessoa (o yo misma me sirvo de otro para sacar algo más mío)
a preguntarme la misma cuestión.
¿Cuánto de mí muere mientras me arrastro a vivir? Hay una parte de mí, temo que una gran parte de mí, que agoniza entre cajones olvidados mientras yo (que casi siempre ingenuamente me creo completa) salgo a comerme los instantes que me aguardan, también semivacíos.
Esa parte nunca me llama ni requiere mi auxilio. Puede que por despecho, porque tenga constancia de que nunca acudiría a su llamada, o simplemente porque, del mismo modo que mi consciencia, está inmersa en esa pirámide de ignorancia que ningún ser humano pretende escalar, con vistas a que nos sea permitido el simple hecho de existir sin tener que traficar con nuestro ser íntimo y último a cada día que pasa.
El no elegir, la no acción… la pasividad a fin de cuentas. Todo encogerse de hombros y prolongar la quietud del alma, por un lado condición detestable, nos salva,
por otro, de ahondar en quiénes éramos, quiénes somos,
y qué fantaseábamos llegar a ser.
Nadie soportaría espejos tan nítidos que nos desnudasen a los ojos los esqueletos de nuestros paisajes de interior.
Mueren miles de nuestras personalidades bajo nuestro empeño simplista y puramente Occidental de que el hombre sólo es uno, indivisible y constante. O simplemente bajo el pensamiento de que el hombre ES, con toda la contundencia de tal afirmación.
Escuché, no recuerdo dónde, que el hombre es sólo un sueño de Dios, él nos sueña,
y sólo existiremos en medida de que siga soñando.
Así, hemos aprendido a rezarle, y cada rezo es una canción de cuna,
para que nunca despierte.
Yo no rezo. No sé si por eso existo más, o soy a cada minuto mucho menos.
Y lo cierto es que no me inquieta el no saberlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario