lunes, 4 de abril de 2011

Por el camino de Swann; Proust.

¡Un libro brillante!



Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena.
Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria [...] dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal.
¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte?
Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo,
pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza.
¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo?
Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose.
Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí.
El brebaje la despertó pero no sabe cúal es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante. [...]
Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma.
Ella es la que tiene que dar con la verdad.

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