He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más temprana edad,
había admitido como verdaderas muchas opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto; de suerte que me era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de deshacerme de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado crédito, y empezar todo de nuevo desde los fundamentos.
Ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, me he procurado un reposo seguro en apacible soledad, con el fin de dedicarme en libertad a la destrucción sistemática de mis opiniones.
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