A diferencia de lo que deseaba Zambrano,
yo no he querido ser nunca una caja de música. ¡Odio las cajas de música!
Me da verdadera claustrofobia si pienso en las primeras sacudidas de Lila Down metidas a fuerza en reducidos espacios sin aire.
¡Putrefacción y olvido!
Si la música no fluye y se dispersa no es música.
Es sólo un chorro de agua turbia.
Si hubiera tanta belleza en mí como veo en algunos ajenos ademanes y formas de caminar, de mirar de reojo, de humedecerse el alma, no bajaría la cabeza y me mordería el labio inferior, abrumada por mi absoluta insignificancia.
Pero existo, y soy insignificante, y como todo lo insignificante, prescindible.
¡Sólo espero que nunca me sobrevenga, por detrás, la Naúsea!
La Naúsea de existencia tras existencia: ese continuo "lo mismo".
Lo inmutable fragua, de a poquito, el desbordamiento del hombre.
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