miércoles, 15 de junio de 2011

Para Jeanne, la dificultad de escribir, ya sea una novela, un guión de una película de cine negro, una pequeña obra de teatro, el prólogo de un libro mediocre o nuestro propio testamento, no estriba tanto en el qué sino en el cómo: ¿cómo queremos decir aquello que nos hemos propuesto contar?.

A ella, que llevaba todo un mes con la idea de escribir un libro y toda una vida paralela a su deseo, que la arrastraba a no escribir nunca nada, no le suponía ningún problema afrontar (como afronta el anciano la muerte que le ronda con las pocas herramientas válidas que le han ido dando los años) la cuestión del qué escribir.
Siempre, desde que empezó a garabatear pequeñas frases en los folios que encontraba perdidos y arrugados por su casa, la temática de todo lo que escribía le venía dada, como si no se tratase tanto de una pretensión como de un impulso. Al igual que una bola rueda y se desplaza ante la fuerza de un pie que la golpea, Jeanne rodaba por esos folios, llenando los espacios vacíos de palabras, frases, que después, casi milagrosamente, se convertían en párrafos e historias enteras, que se asentaban sobre una fuerza ajena a ella que simplemente golpeaba su mano.
Pero una vez traspasada la frontera del qué escribir, se le presentaba ese gigante obstáculo que poblaba muchas de sus pesadillas de este último mes: ¿cómo quería contarlo?. Para ella, el compromiso de todo escritor con respecto a su condición no comienza con el simple hecho de escribir ni de publicar sus obras, al fin y al cabo, piensa que todo el mundo sabe y puede escribir, mejor o peor, sobre casi cualquier tema. Uno no conquista la condición de escritor por el hecho de escribir (que es sólo uno de los aspectos secundarios del “oficio”), sino que la verdadera conquista sólo le viene dada a cada persona cuando aprende de qué modo va a llenar página a página su libro. Aunque más que un aprendizaje se trate de un descubrimiento algo fortuito, y que como fortuito, pueda darse o no. Para Jeanne, sólo aquellos que han conseguido hurgarse por dentro y hallar su modo particular y exclusivo de contar la vida merecen ser llamados escritores.

Hace ya varios años ella le expuso estas ideas, que apenas si comenzaban a formársele por entonces, a Pierre, que era, también por entonces, una vaga idea de novio que le duró un relativo tiempo. Jeanne pasó dos horas explicándole sus teorías, sentada en el borde de una cama pulcra, inmaculada, en un soliloquio continuo a través del que intentaba, inconscientemente, recorrer el tiempo físico, el de las manecillas caprichosas del reloj, lo más livianamente posible, hasta la hora de marcharse.
Cuando calló, Pierre bostezaba y tenía los ojos ligeramente rojos (¿de aburrimiento? ¿de cansancio?). Aún así, sacó fuerzas suficientes para darle lo más parecido a una respuesta que demostrase que había estado prestando atención:

- Sí vamos, lo que quieres decir es que para ti sólo son verdaderos escritores aquellos que tienen un estilo propio.

A Jeanne le horrorizó tanto esa síntesis tan simple de sus propias ideas, que ese día, cuando salió por la puerta del pequeño piso de Pierre, ya sabía que sería la última vez que pisaría aquel umbral, incluso aquel barrio.
Pero no nos desviemos del quid de la cuestión. Jeanne considera que lo más importante, lo único intransferible que poseen las personas que escriben, es su forma de hacerlo (su forma, que no su estilo). Y espantada, lleva un mes descubriendo que ella carece por completo de esa forma y sumida en la inseguridad.

La primera semana, los sudores le habían venido por la incapacidad absoluta para decidir si su historia debía ser contada en primera o en tercera persona.
Tenía la misma cantidad de razones para abrazar o rechazar cada una de las formas. Por la tarde la cabeza empezaba a dolerle, y tuvo que tomar una aspirina. No paraba de pensar que esta decisión, que siempre le había parecido simple (y que hasta cierto punto, también siempre le había “venido regalada”) la atrapaba sin remedio en una jaula metodológica de la que ya no podría salir en todo el resto del libro. No estaba decidiendo si contar su historia en primera persona o en tercera persona, en realidad, decidía las fauces de qué león iba a dejar que la devoraran: si escribía en tercera persona, el león que masticaría su cuerpo ya entregado sería el león de la mentira; de lo contrario, sería el león de la verdad, la realidad, quien se la tragase.

Desde pequeña hasta el día de hoy, Jeanne había leído cantidad de libros (una cantidad que ahora le parecía oficialmente incontable), y con el correr del tiempo y de los capítulos, había llegado a una conclusión, que aunque no consideraba del todo como una certeza, si había tomado trono y echado raíces en su mente: un escritor no podía escribir más que de sí mismo.
Todos los libros hablan del yo del escritor, de algo que ha vivido, de algo que ha sentido, de su cotidianidad, y aquello que el escritor inventa y que no se relaciona con lo que ha experimentado, sí está relacionado sin embargo con el basto imperio de todo aquello que hubiera deseado experimentar, o al imperio contiguo de lo que vio experimentar en la vida de otros.
Así, partiendo de esta idea (que como casi todas las ideas del ser humano no tienen esencia de certeza, sino que germinan a través de las semillas de la ignorancia y, a fuerza de cohesión y empecinamiento acaban con el tiempo por mostrarse coherentes y hasta posibles verdades) si se decidía finalmente a escribir su libro en tercera persona, estaría mintiendo.
Avanzaría paso a paso hasta el grupo de escritores (vivos y muertos) que ella misma había leído, que escribían desde la distancia, desde el anonimato, para contar lo cercano y lo propio. Esos escritores que muchas veces le habían hecho perder la paciencia, y hasta enfadarse, por no poder llegar a saber si aquello que estaba leyendo formaba parte de la privacidad y las vivencias del autor, o sólo eran invenciones o escenas hiladas que hubiera contemplado éste un buen día, mientras caminaba por alguna calle de su ciudad natal, por ejemplo.
Todo lo contrario ocurriría si se decidiese a escribir en primera persona. Estaría entonces exponiéndose a sus lectores, y el libro se revestiría en forma de reclamo: estoy aquí, entre estas líneas, y esto es lo que soy y cuanto he pensado y he vivido. Lo escribo desde mí, en mi defensa y contra mí, y ya no necesito disfrazarme porque este acto de premeditada desnudez es mi acto final, mi primera y última función.
Si escribía en primera persona, sería una escritora de y en la verdad.

En toda la semana no supo decidirse.
Y sigue, tras el transcurso lento y pesado del mes, sin saber si quiere desencadenar en su público la curiosidad desgarradora que provoca el no saber, o la complaciente ternura del lector que se asoma a la intimidad de un autor, sabiendo que la comprende, y que hasta cierto punto, la comparte.

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