viernes, 10 de junio de 2011



Mi infancia pasaba en alas de silencios,
entre falsas reverencias y simulacros de batalla.
El invierno reinaba en el vientre de la gran casa.
¿Quién había anclado?
El Norte entre los juncos.
La mitad del verano desnudo, todo era tan modesto.
Siempre con la certeza que mis tíos, hace tiempo,
habían robado mi viejo Oeste.

Mi infancia pasaba con las mujeres en la cocina,
mientras yo soñana con China. Se envejecía mi comida.
Los hombres se envolvían en tabaco,
taciturnos, flamencos y sabios, y no sé que más...
Yo que todas las noches me arrodillaba por nada,
al pie de la gran cama.
Quería tomar un tren que nunca he tomado.

Mi infancia pasaba de Cervantes en Cervantes,
y me preguntaba ya como crecían las plantas.
Y me sorprendía de pronto con esta clase de familia,
paseando de muerte en muerte, siempre vestidos de luto.
Pero más me sorprendía aún de este triste rebaño,
que me enseñó a llorar.
Aquellos que yo sabía bien que tenían la mirada de pastor,
pero el corazón de cordero.

Mi infancia se rompía y ya era un adolescente.
Y el muro de silencio se rompió una mañana.
Y fue la primera flor, y la primera novia.
La primera lección y el primer miedo.
Yo juro que podía volar, yo juro que volé.
Mi corazón abrió sus brazos y ya no había más barbarie.

Pero la guerra llegó,
y aquí estamos esta noche.

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