viernes, 13 de mayo de 2011

La rebelión de las masas; Ortega y Gasset.

La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esa fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos dispares sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada.
La fatalidad en que caemos al caer en este mundo consiste en todo lo contrario.
En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias, y consecuentemente, nos fuerza a elegir. ¡Sorprendente condición la de nuestra vida!
Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir.

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Porque repárese cúal es la situación actual: mientras evidentemente todas las demás cosas de la cultura se han vuelto problemáticas - la política, el arte, las normas sociales, la moral misma - hay una que cada día comprueba, de la manera más indiscutible y más propia para hacer efecto al hombre-masa, su maravillosa eficacia: la ciencia empírica.
Cada día facilita un nuevo invento que ese hombre medio utiliza. Cada día se produce un nuevo analgésico o vacuna, del que ese hombre medio se beneficia.
Todo el mundo sabe que si se triplicasen o decuplicasen los laboratorios, se multiplicarían automáticamente riqueza, comodidades, salud y bienestar.
¿Cómo, no obstante, no hay sombra de que las masas se pidan a sí mismas un sacrificio de dinero y de interés para dotar mejor a la ciencia?.
Lejos de esto, la posguerra ha converido al hombre de ciencia en el nuevo paria social. Y conste que me refiero a físicos, biólogos, químicos, no a fílósofos. La filosofía no necesita protección, ni atención, ni simpatía de la masa.
Cuida su aspecto de perfecta inutilidad y con ello se libera de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma por esencia problemática , y abraza alegre su libre destino de pájaro, sin pedir a nadie que cuente con ella, ni recomendarse, ni defenderse.
Si a alguien buenamente le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatía humana; pero no vive de ese probecho ajeno, ni lo premedita, ni lo espera. ¿Cómo va a pretender que nadie la tome en serio, si ella comienza por dudar de su propia existencia, si no vive más que en la medida en que se combata a sí misma, en que se desviva a sí misma?.
Pero las ciencias experimentales sí necesitan de las masas,
como ésta necesita de ellas.

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