viernes, 20 de mayo de 2011

Política pueblerina.

Bueno, como no hablar de política ahora que toca la absoluta cansinez y los bombardeos continuos de planfletos y de mentiras que ya hasta me resulta desagradable tener que tirar a la basura. Sería como querer pasar por un inmenso lodazal de barro pretendiendo no mancharse.
Así que bueno... a guarrearse.

Estoy sentada en el pueblo (que más da el pueblo, los pueblos cada vez son más parecidos, si es que acaso alguna vez ha existido esa diversidad cultural de la que hablan tanto), en casa de mis abuelos. Estoy leyendo, así que el hecho de que llegue la tropa socialista y se tiren media hora delante del buzón echando los votos me molesta doblemente: lo politicoso del asunto y que tenga que dejar de leer aunque sea un sólo minuto. Y dejan los sobres con los votos y se van, saludándome por la ventana porque mis abuelos son del PSOE y saben, de antemano, que entonces yo también estoy hereditariamente condenada a serlo o a hacer la papeleta de que lo soy.

Pero bueno, si eso no es lo que quería contar. Quería contar que después llega la tropa derechorra, y se paran también en el buzón, mirando de una forma todavía más estúpida aún que los anteriores, como si no supiesen quién vive tras las paredes que tienen delante.
Y no echarán sobre alguno. Antes de pisar la calle ya saben, de antemano, en qué casas echarán y en cuales no sus cartitas. Pero se paran, como si una repentina lucidez les hubiera hecho llegar a pensar en la posibilidad de reinventarse. Reinventémonos, vamos a unir a nuestra causa a esa gente que no ha estado nunca de nuestro lado.
Pero ya lo he dicho, que ya vienen con sus ideas fijas (bueno, nacieron ya con unas ideas fijas que serán las que tengan hasta que simple y llanamente se mueran) y no han echado ningún sobre.
Así que, mi conclusión es que no se trata de conseguir adeptos, ni de razonar, o de razonar al menos para convencer. Sus discursos siempre están dirigidos a los mismos, su vereda tiene la anchura justa y rejusta para que quepan los de siempre. Los soplos de aire fresco en este pueblo no tienen cabida porque todo el mundo se asegura de que estén bien cerradas sus respectivas ventanas.

No van, ni unos ni otros, a conquistar nada. Creo que más bien deberíamos imaginárnoslos como ese general que ha instalado una silla a la sombra de un árbol desde el que puede contemplar todo el territorio que el padre del padre del padre del padre de su abuelo sí que conquistó una vez. Ese general no tiene más que quedarse sentado, al fresco, y dejar que se le vaya resbalando la baba mientras mira todas sus cosas, que en realidad nunca le han pertenecido y nunca le pertenecerán.

Eso sí, es preferible. Preferible porque ya hay suficientes cabezitas que se creen y participan de esta pantomima. Sea toda pasividad bienvenida.
Y preferible claro, porque al no tener intención de echar el sobre en el buzón de mis abuelos, me han evitado más minutos de interrupción de la lectura.
Cada persona saca provecho de fuentes diferentes, pero todos sacamos provecho.

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