Hacía sólo un mes que se había trasladado a vivir al pequeño apartamento que ahora podía contemplar, íntegramente, desde el fregadero de la cocina, lavando la pila de loza acumulada durante los días y días de tedio (ese mínimo espacio, esa reducción del movimiento y de la voluntad).
Sentía que la sola obligación de esos actos repetitivos la estaba ahogando (dejar caer, descuidadamente, las gotas de lejía sobre el estropajo, amarillento ya del uso; acercarlo al fino chorro de agua; coger, con la mano izquierda el plato o vaso que al azar tocase cada momento; restregar, casi violentamente, el estropajo para acabar con la suciedad incrustada, una suciedad que parecía aferrarse a esa superficie fría e inanimada con tanto ahínco como una madre se aferra, en un abrazo final, a ese hijo al que tardará mucho tiempo en volver a ver, y que, aún cuando regrese, ya no será su hijo; y depositarlo, finalmente en las rejillas, a través de las cuales cae, gota a gota, la miseria propia y la miseria del mundo, que a fin de cuentas, a ella le parecía una misma cosa).
Podía simplemente abandonar la tarea y retomarla después, más calmada,
o claudicar por siempre ante cualquier tarea de limpieza, bajo un gesto simbólico: estrellar, por ejemplo, cada pieza de la vajilla contra el suelo, que no se sublevaría, que acogería más como testigo que como víctima, cada golpe, y que mudo curaría con el tiempo (como ocurre con los hombres) los rasguños de tanto cristal roto.
Pero a ella, que no estaba hecha de baldosa dura ni de sumisión absoluta,
ese acto, aunque liberador durante su transcurso, no le valdría de nada pasados unos minutos, justo por su simbolismo.
Así, siguió fregando, la mirada puesta en el pasado, tratando de reconquistar un pedacito de esa luz pura que ahora tanto le faltaba.
Mar, del color del cielo, con sabor a sal. Mar, que me traes nostalgias, y me traes recuerdos, que ya no sé donde guardar.
Su abuela canturreaba, sentada sobre SU sillón marrón, incómodo,
de reposabrazos duros, acartonados, cuyo respaldo tenía cosidos tres botones que se incrustaban en la espalda y que a la niña le recordaban al cuento de la princesa y el guisante. Canturreaba bajito esa canción con su nombre, Mar, Mar… lo cantaba para ella.
La cabeza, extremadamente redonda, coronada por ese pelo ya gris pero que conservaba aún el ondulamiento de una juventud malograda, apoyada sobre la mano. Los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta.
Parecía dormir, pero ella sabía que no, que abriría los ojos de un momento a otro, alertada por alguna de las imégenes de su amplia gama de malos presagios (que la enagüilla empezara a quemarse y se extendiera por el cuerpo de su nieta, o que la niña, distraída, se fuera a la cocina y enredara, porque sí, con los cuchillos afilados del primer cajón) que su mente le imponía como resistencia contra el descanso.
Y efectivamente, abría los ojos. Y entonces su abuela, invariablemente, la buscaba con la mirada, algo inquieta.
- Ah estás ahí. No vayas a moverte de ahí en toda la siesta, que eres muy enreda, a saber que te pasaría.
Y ella, que llevaba horas sentada, leyendo este o aquel libro, hacía un gesto de desesperación, tratando de averiguar qué aspecto concreto de su conducta podía definirse como enreda en ese momento.
Y su abuela no se dormiría. Todavía quedaba aún un presagio: más abstracto, más metafísico. Abría los ojos, y la buscaba.
Ya no estaba inquieta, y nunca, ni con el paso del tiempo, logró la niña descifrar esa última mirada de las siestas.
- Mar, deja ya de mirar ese libro. De tanto mirar libros te vas a quedar tonta.
Y por fin, se perdía en un sueño profundo.
Y ella, que sin saber porqué (cierta tristeza ante lo cruel de la ignorancia) ya no podía seguir leyendo, y que no podía tampoco dormir, se quedaba durante la restante hora observando la figura de su abuela, tratando de asimilar las contradictorias oleadas de rechazo y cariño que atenazaban su corazón y que le daban ganas de llorar.
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