domingo, 13 de marzo de 2011

Enseñar a aprender.

Cada vez me sorprendo más de mí misma.
Recuerdo las clases de historia, muchas veces a primera hora de la mañana, que me resultaban completamente soporíferas: un amasijo interminable de fechas, de nombres (siempre los mismos nombres), Felipes, Enriques, Carlos... Y no entendía a qué todo ese royo.
En las clases de Lengua y Literatura, aunque algo menos, me pasaba igual: predicado nominal, predicado verbal, complemento directo; que si Cela nació en "1900 nosecuanto", que si Lorca escribió tal tal tal y tal, que si la generación del 27 estaba formada por fulanito, menganito y su hermanito etc. En tinta lo escupía todo en los exámenes, y a la semana siguiente podía ir diciendo tranquilamente por la calle que El arcipreste de hita lo escribió Pío Baroja, o lindas burradas que aún hoy, suelto a desbandadas.
Y así con todo, excepto filosofía y cultura clásica, que por razones x me engancharían algo más, todo mi paso por la escuela, por el instituto, e incluso ahora en la universidad, es una pérdida de tiempo, una pérdida de tiempo muy completa, eso sí.
Pero me soprendo, como ya he dicho. Ahora me pongo documentales de la Revolución Francesa, de la Rusia zarista; o me miró en san google cuáles eran esos miembros de la generación del 27 (porque está claro, no he aprendido nada) y me propongo leerme al menos un libro de cada uno; o me descubro mirando en mapas dónde está tal país o que río cruza tal ciudad; o me apetece saber cómo se forman las tormentas, o qué era aquello de la ley de la relatividad, o o o...
Y es lo que cada día me convence más y más del fracaso, casi total, del sistema educativo, que nos empuja literalmente hacia el conocimiento, sin qué sepamos para qué, y sobretodo, sin que sepamos cómo afrontarlo. Es decir, que nos enseña de todo, menos a aprender.

Pero al menos, quiénes a la larga quieren hacerlo, encuentran, mejor o peor, su propia manera.

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