«Dirigido a los franceses amigos de las leyes y de la paz. ¿Hasta cuándo, oh malditos franceses, os deleitaréis en los problemas y las divisiones? Ya bastante y durante mucho tiempo los facciosos y bribones han puesto su propia ambición en el lugar del interés general; ¿por qué, víctimas de su furor, se han destruido a ustedes mismos, para establecer el deseo de su tiranía sobre las ruinas de Francia? Las facciones estallan por todas partes, la Montaña triunfa por el crimen y la opresión, algunos monstruos regados con nuestra sangre conducen estas detestables conspiraciones... ¡Trabajamos en nuestra propia perdición con más celo y energía que el que hemos empeñado jamás para conquistar la libertad! ¡Oh francés, un poco más de tiempo, y no quedará de ustedes más que el recuerdo de su existencia!» Creo que Charlotte Corday no era revolucionaria, sino que ella misma era pura revolución. Ella era liberté, egalité y fraternité. Había accedido a asomarse al abismo que hay siempre entre teoría y práctica, y se había dejado caer por las contradicciones de la Revolución Francesa y de sus contemporáneos, que a pleno pulmón proclamaban el derecho de todo hombre a la libertad, a la educación y la cultura, a la igualdad; que proclamaban el triunfo de la racionalidad, de la verdadera justicia. Supongo que Charlotte, que de verdad había crecido soñando con este momento y deseando todo esto, no estaba tan atenta a estos gritos y sí más a las cabezas (de hombres, de esos nuevos hombres libres) insertadas en las lanzas que paseaban por las calles los mismos que tanto proclamaban. Y supongo que para Charlotte, la guillotina no podía ser de ningún modo legítima hija de los derechos humanos. Pero Charlotte, aunque ya lo respondieses en tu juicio final,diciendo "tuve que matar a un hombre para salvar a mil", me gustaría a mi también preguntarte: ¿también tú tuviste que matar para defender tu verdad? Pero... ¿es que siempre se tiene que matar?
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